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Damos lo que somos

Esperó toda la mañana.

Tener que preguntar, esperando y perdiendo tiempo, le molestaba pero al mismo tiempo sentía la necesidad de “contrastar o quizás pedir permiso…”

Era nueva, tenía mil ideas en la cabeza pero no quería arrancarse, abrir fuego a nuevas posibilidades sin consultarlo.

Estaba ilusionada.

Por fin entró en su despacho.

La conversación duró menos de dos minutos.

La respuesta llegó seca.

Cortante.

– Ahora no puedo ocuparme de eso

Sin apenas mirarla.

Nada más.

Ni una sonrisa.

Ni un “luego hablamos”

Solo esas palabras lanzadas con un cansancio que parecía engordar el aire en la habitación.

Se quedó quieta unos segundos.

Sintiendo cómo algo pequeño se cerraba dentro.

Un nudo apretó el pecho y una punzada de inseguridad le recorrió el estómago, como si de pronto hubiera hecho algo mal sin saber qué.

Durante unos segundos dudó incluso, si debía haber hablado.

Se retiró y se sentía el blanco de todas las miradas, como la protagonista de una obra de teatro…

En su cabeza, el escenario era de vergüenza y desastre.

Quería llegar a su mesa.

Se repetía la frase una y otra vez y le apretaba la sensación de haber molestado…

De haber elegido mal el momento…

Quizá era pesada.

O había algo en ella que cansaba a los demás.

Algo extraño se le quedó adherido al cuerpo, como si aquella respuesta hubiera abierto una grieta persistente.

Pasó el día incómoda, se sentía culpable sin saber por qué…

Y sin embargo, unas horas más tarde, ocurrió algo inesperado.

La jornada terminó y se retiraba ya.

Dos coches antes de llegar al suyo, allí estaba.

La vio llorando en silencio en el coche, antes de arrancar, con las manos temblando. El sonido de la lluvia en el parabrisas, era potente, mucho ruido.

Se secó la cara rápidamente y arrancó.

Inmóvil en la acera de pronto entendió que la respuesta de esta mañana, no tenía que ver con ella.

Hablaba de su cansancio.

De su dolor.

De la batalla invisible que estaba sosteniendo mientras intentaba seguir funcionando con normalidad.

Pensó en todas las veces que había hecho lo mismo.

Las veces que respondió con frialdad cuando en realidad, estaba triste.

Las veces que habló desde el agotamiento.

Desde la ansiedad.

Desde el miedo.

Nadie entrega otra cosa más que lo que lleva dentro.

Y, muchas veces, cuando alguien nos habla con dureza, creemos que están definiéndonos.

Pero en realidad solo están mostrando el interior, donde ellos viven.

Esto no lo convierte en un comportamiento aceptable pero sí cambia la forma en que lo percibimos.

Esa noche, mientras pensaba en todo esto, comprendió algo sencillo.

Cultivar calma no significaba conseguir que dejaran de herirnos.

Significaba aprender a no convertir cada herida ajena en una verdad sobre nosotros mismos…

¿Lo recordarás la próxima vez…?

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Kika Evia Lab, Mindfulness y logopedia en Ferrol
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