Ya hablé alguna vez de la duda. Soy fan.
He llegado a convencerme de que es bueno tener ideas, creencias porque vienen de reflexiones que nos han convencido.
Pero es importante que no funcionen como un muro, como algo que me aleja o bloquea la capacidad de convivir.
“Prefiero que mi mente se abra movida por la curiosidad a que se cierre movida por la convicción”
Me encanta esta reflexión porque conlleva flexibilidad mental.
A veces tener todo “clarísimo” no es una actitud muy aconsejable.
Miramos el mundo creyendo que vemos la realidad, pero lo que vemos es nuestra interpretación de la realidad.
Se nos cuelan historias que nos han llevado a “esa idea” y desde ahí juzgamos.
No vemos y escuchamos solo con ojos y oídos.
Vemos desde nuestra memoria.
Escuchamos desde nuestras heridas, nuestras expectativas, nuestros miedos, nuestra experiencia pasada.
Miramos desde nuestra experiencia, interpretamos desde nuestra historia.
De ahí la frase:
“No vemos las cosas tal como son, las vemos tal como somos”
Quizá una de las habilidades importantes que podemos entrenar es mirar más limpio.
- Aprender a observar sin reaccionar tan rápido…
- Escuchar sin preparar la respuesta mientras el otro habla…
- Percibir sin etiquetar…
- Escuchar al otro sin encerrarlo enseguida en una categoría conocida.
La mente tiene necesidad constante de confirmar lo que ya cree.
Si creo que el mundo es hostil, veré amenazas, donde quizá no haya más que incertidumbre.
Si necesito tener razón, dejaré de escuchar la verdad
El problema es confundir con la realidad esa memoria en forma de creencias que se cuela en mis interpretaciones.
Para entrenar nuestra mirada debemos aprender a reconocer los filtros propios que se cuelan y perder la necesidad de creer que lo nuestro es lo bueno…
Preguntarnos:
- Esto que estoy viendo ¿es un hecho o mi interpretación?
- ¿Qué parte de mi historia estoy añadiendo aquí?
- ¿Qué pasaría si miro una situación sin defender nada, solo observar?
- Además de lo que yo creo ¿Qué otra cosa podría ser cierta?
Una pequeña pausa es bastante para que veamos algo nuevo que no aparece en el primer contacto:
Una mirada menos automática, menos rígida, más abierta, más libre.
Esto podría hacer que dejemos de vivir encerrados en nuestra versión y empecemos a tener contacto con la realidad del otro.
Quizá la madurez consista en eso, con aprender a mirar sin que el pasado decida siempre por nosotros.
El pasado habla bajito pero lo condiciona todo.
Tal vez la libertad interior empiece ahí, en la capacidad de contemplar matices, en la comprensión, en la humanidad.
Profundiza en tu mirada, esa que te hace libre!






