Ha sido un buen verano.
Tranquilo.
Caluroso.
Largo.
Disfrutando las primeras vacaciones en años.
Sin grandes hazañas ni aspavientos me fui entregando a la desconexión/conexión…
Mucha conexión personal, autocuidado, y disfrutando las cosas pequeñas.
Mucha conexión familiar.
Fue en una de esas reuniones familiares que se abrió una conversación que trajo a la mesa el albúm de fotos de otros familiares que ya no están.
Lógicamente, hablábamos de personas que recordábamos todos.
Una fotografía es una puerta abierta. Se dice que las fotos rescatan un instante pero quedan adheridas a la historia viva de todo su entorno.
Son una puerta a un tiempo que ya no existe y que, aún sin haberlo vivido, está en toda tu historia. Quieres sentirte ajena pero de alguna manera te envuelve.
Empiezan a rular las fotos de mano en mano y aparecen rostros. Se activan recuerdos.
Me he visto en uno de ellos. Esos parecidos que antes no veía pero con la edad, te ves reflejada, porque la edad de «ella» en esa fotografía se corresponde más con la que tengo ahora. Me vi igual.
Aparecen nombres, épocas, recuerdos de la mayor del grupo que guiaba el relato, que es la memoria de todos ahora.
Aparece mi abuelo. No le conocí.
Murió en la guerra. Lo sabía, pero nunca me había detenido en esa información.
La fotografía no llega sola, llega acompañada de voces que relatan la vida de aquellos días.
Toda la historia me transportó a las dificultades, memorias de mi abuela y su hermana, a las que sí recuerdo.
Empezó a encajar todo como en un puzzle. El recuerdo del gris, el duelo silencioso que también recuerdo pero no entendía. Ese luto voluntario que vivió mi abuela en un recogimiento que no quiso nunca compartir.
Me conectó con ese parecido asombroso de mi tia abuela, con un tiempo no vivido pero me hizo sentirme parte.
Sentí, por primera vez, que tu historia se entreteje, que empieza mucho antes de que nazcas.
Viene de atrás, de la vida enredada de tu familia paterna y la materna, y que todas sus circunstancias se entremezclan creando el escenario donde aparecerás un día y lo habitarás.
Me di cuenta de que soy parte de una historia, que aunque no viví, no soy ajena.
Todo se llena de una parte de la herencia genética que viene escrita en nestros genes.
De otra de la herencia que vamos incorporando sin darnos cuenta: todo aquello que respiramos en el entorno en que crecemos, las formas de relacionarnos, los silencios, los miedos, las alegrías… Esa forma de afrontar la vida…
Todo se va llenando de condicionantes, de manera inconsciente.
En un núcleo de personas que conviven con tanta frecuencia, lo que flota: las penas, las alegrías, se respiran y calan, aunque no lo entiendas… Ese día entendí que nos relacionábamos con su ausencia.
Esa abuela que permitió que el miedo ocupara el sitio del esposo.
Quizás no supo sobreponerse pero no la juzgo, son sentimientos profundos.
Cuando la vida te convierte en esa persona de la que dependen todos y tú estás rota y la época es pura deprivación, es una proeza.
Una proeza que mi abuela nunca se reconoció y por supuesto, no supo disfrutar.
Ese día también me conecté mucho con el relato de la única hija del matrimonio, mi tía, que aún vive.
Te conectas muy bien cuando escuchas profundamente. Esta vez pudo ser porque al no vivir la época, no puedes aportar nada, solo puedes escuchar.
La mente, cuando no tienes que elaborar tu respuesta, te permite escuchar con mucha atención. A tener en cuenta cuando toque escuchar, no pienses en lo que tienes que decir…
El resumen es que una fotografía puede transportarte a otra época, y llegar a entender mejor la evolución de lo que has vivido sin ser testigo.
Esta vez me interesaré de verdad por las constelaciones familiares que nunca entendí.
Con esta reunión que removió mi conciencia, se me despertó la curiosidad.
Quiero saber…






