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De una taza a otra

La propuesta siempre es “parar”

Pero intenta leer el texto con una pregunta en tu mente:

¿Qué hay de mí en esta historia?

Sólo observa, no juzgues. No hace falta que te veas en nada, es solo aprender a observar y ver en ti la emoción, o no…

De una taza a otra

Los días de viaje siempre empiezan con prisa.

Aquella mañana, incluso antes de abrir los ojos, ya tenía la sensación de prisa dentro. La sentía en el estómago.

Empiezo el día.

Al salir de la ducha, la maleta abierta sobre la cama.

El traje esperando.

El móvil vibrando sin descanso.

Puse el café al fuego.

Mirando el reloj, haciendo cálculos, recortando minutos, parece que me ayuda a estar orientado.

Salió el café.

Terminé de vestirme rápido para tomarme el café calentito.

Ya en la cocina cogía la taza en un gesto rápido, tropezó con el borde de la mesa y el café voló sobre mí.

Noté el calor atravesar mi camisa.

Vi el traje como recibía el café.

El suelo…

Me quedé quieto unos segundos, como si todo se hubiera detenido de golpe.

Cambiarme, limpiar todo muy rápido, mientras mi ánimo se disparaba en un pico de estrés que me apretaba el pecho.

Salí de casa corriendo.

La sensación incómoda de que antes de empezar ya tenía el día torcido.

Bajé del taxi a toda prisa.

Eché una carrera y cuando por fin llegué al andén, vi al tren alejándose lentamente.

Yo seguía con el pulso acelerado, como corriendo por dentro.

Allí clavado, quieto y corriendo a la vez…

Entré en la cafetería, contrariado.

Pedí un café.

Cuando lo dejaron dentro de mí, no lo toqué.

Me quedé mirándolo.

El humo subía despacio desde la taza, haciendo formas suaves que se deshacían en el aire.

Lento, tranquilo, ajeno a todo.

Acerqué la taza.

El aroma era cálido, familiar, parecía que estaba esperándome.

Invitándome a dejar de correr.

Por primera vez en horas, sentí que el aire entraba en mí.

Hacía tiempo que no me dedicaba un rato así, tranquilo, sin mirar el reloj, sin pensar en lo siguiente. Aceptando que la espera inevitable hasta el próximo tren, me permitía salir del guion.

Este cambio me permitió pensar que quizá la taza derramada me ayudó, me proporcionó disfrutar de un tiempo sin prisa, desencadenando las tareas y los quehaceres…

Lo necesitaba.

Anunciaron la salida del siguiente tren.

Salí despacio y una última mirada por si me quedaba algo, vi que aún salía un pequeñísimo hilo de un humo casi imperceptible pero lento y abriéndose al espacio.

De una taza a otra, el nudo en mi estómago, se deshizo.

Ahora sí!

Te dejo disparadores por si quieres estrujar el texto.

¿Qué cualidades de Mindfulness ves en la historia?

Por ejemplo: pausa, atención, aceptación, presencia…

¿En qué te sientes identificado/a?

Escribe un momento cotidiano en el que, sin esperarlo, algo te detuvo.

Espero que si decides hacerlo, empieces a encontrar a ti cosas que no habías percibido, o no… 🙂

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Kika Evia Lab, Mindfulness y logopedia en Ferrol
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