Ayer he estado en el supermercado.
Me he descubierto. Cómo soy cuando toca esperar, sin querer hacerlo.
Me he dado cuenta de algo.
Te lo cuento.
Hora punta y cola en todas las cajas. Así que me puse en una de ellas
Elegí la equivocada.
La de al lado avanzaba rápido, la mía no.
Carros llenos, un producto sin pesar, por tanto, sin precio o esa tarjeta que hoy no pasa, una persona mayor que se mueve despacio… Todo en la misma cola.
Miré el reloj.
Sentí tensión.
Esa tensión conocida de la prisa.
Pensé en cambiarme de cola pero ya era tarde, cada cual más llena…
El que espera, desespera.
Sensación nerviosa en el estómago.
Pensamientos desbordantes tipo: Es que no me va a dar tiempo!!!!
El sonido del lector. Bip, Bip…
Hasta eso lo escuchaba enlentecido.
Ahí me di cuenta.
No era la cola.
Era yo.
Me creé la necesidad de que el momento fuera distinto.
De que fuese más rápido.
Entonces dejé de luchar.
Cambié el peso de pie, varias veces, en un lento balanceo, movimiento imperceptible.
Le envié dos o tres respiraciones a mi estómago, como diciéndole, toma aire, respira. Esto pasa pronto.
Estuve allí, simplemente.
En lugar de estar en lo que venía después y no iba a darme tiempo a llegar…
Casi me sorprendió que ya me tocó pagar. Llegó antes de lo esperado.
Salí con la bolsa dándome cuenta de que nada había ido más rápido.
Solo detuve lo que me sacaba de allí, precisamente.
La impaciencia no estaba en la espera.
Estaba en mi resistencia a esperar…
Muchas veces pensamos que lo que nos molesta es la situación un retraso, una espera.
No es la situación es cómo la vivimos.
Curiosamente, cuando dejamos de luchar contra ello, no desaparece la espera pero cambia nuestra percepción.
Darse cuenta y cambiar el foco es la clave.
Ese darse cuenta tiene mucho que ver con habitar el momento presente. Estar aquí y ahora
En tu próxima espera observa ¿qué es lo que más te cuesta aceptar cuando no puedes acelerar las cosas?






