Aquel verano me marcó.
No fue por algo grandioso ni extraordinario, sino por la suma de momentos sencillos que me hicieron sentir como nunca antes.
Tenía catorce años y, por primera vez, salí de mi casa. Mis padres me dejaron pasar una buena parte de mis vacaciones en casa de mi tía Clara, en el pueblo.
Me fui en autobús y en el viaje, que era largo, no fui del todo cómoda. Me sentí sola, y casi arrepentida de haberme decidido a viajar sola.
– ¿Me habré equivocado…?
Me amarré a la idea de que la tía Clara era una mujer muy acogedora y cariñosa y hasta dormí un rato.
Entrando en el pueblo veía por la ventanilla la imagen de geranios y bugambillas que había en casi todas las fachadas.
Mi tía, siempre alegre, sonrisa amplia, era un buen paraguas bajo el que abrigarse y sentir la seguridad que una niña de esa edad necesita.
Yo, me mostraba tímida e insegura. Pero en pocos días me solté porque la vida allí era muy diferente. Por primera vez me sentí libre.
El pueblo no era grande, la gente se saludaba por la calle, los días eran largos y tranquilos y nadie parecía tener prisa.
Con la tía Clara aprendí a coser botones, a hacer limonada con hierbabuena y bizcochos, a comprar en el mercado, en donde la señora Inés me regaló un cuento antiguo.
Me acostumbré a la risa de mi tía. Le daba color al día.
Lo que más recuerdo es a Ana. Una niña, un año mayor que yo. Nos hicimos muy amigas.
Pasábamos las tardes en la playa, haciendo listas de canciones que luego escuchábamos en un tocadiscos tosco.
Hablábamos de todo, sueños, miedos, lo que haríamos de grandes…
Una frase de Ana se me quedó grabada:
– No tienes que ser valiente todo el tiempo, pero sí sincera contigo.
Esa frase ha sido una buena compañía en la vida, incluso ahora de adulta. Gran filosofía de vida.
Echaba de menos mi casa, a mis padres y hermanos pero aprendí a cuidar de mí, a “ser sincera y responsable” sin la “vigilancia” habitual.
Aprendí a no tener miedo a hablar, a confiar en lo que sentía.
Cuando volví a mi casa, nada había cambiado, excepto yo. Había conocido la vida fuera de esa burbuja, en la que estás protegida…
Carta encontrada años después, dentro de un diario forrado con flores secas
Querida yo:
Si alguna vez olvidas quién eres o sientes, que te pierdes entre las obligaciones de la vida, vuelve aquí. A este verano. A los días en los que la vida olía a pan tostado, a tierra mojada y a risa limpia…
Vuelve a la playa con Ana, al mercado con tía Clara, a la colina donde el ocaso era más grande que cualquier miedo…
No importa cuántos años pasen, ni cuántos mapas recorras, siempre podrás volver a este lugar dentro de ti.
Con cariño, la niña que descubrió su vida aquel verano.






