Muchas veces me acuerdo de mi vida antes de conocer el Mindfulness.
Mi cabeza era un hervidero de ideas, de pensamientos, de miedos, sin orden.
Mi ego un mal consejero, llevándome siempre a la molestia, exigiéndome y apretando dónde más duele…
Hoy practico con regularidad. No porque esté mal… Es mantenimiento.
Hoy te imagino a ti.
Te imagino madrugando, yendo hacia el trabajo, ocupad@ hasta la noche.
Repitiendo rutinas sin parar, en automático la mayor parte del tiempo, ocupándote de todos, menos de ti, hasta casi la asfixia…
Dejando de hacer cosas porque no tienes tiempo.
Aplazando lo que te gustaría por complacer, siempre cediendo…
Permitiendo que una comida de trabajo enlace con la siguiente visita o la siguiente propuesta.
Enlazando tareas y acumulando la sensación de hartazgo y saturación.
Pero ¿Qué sabes de ti?
¿Cuánto te conoces?
¿Hasta dónde te observas y con qué frecuencia?
¿Qué incorporas a tu vida para contrarrestar esto?
¿Cuáles son las horas en las que te dedicas a la siembra o cultivo de tu calma?
Vamos a hacer un ejercicio breve.
Guárdalo porque puedes usarlo todas las veces que quieras… Siempre funciona.
Puedes ir leyendo y a continuación, poniéndolo en práctica.
Siéntate cómod@, siéntete cómod@.
Pies apoyados en el suelo, espalda recta.
Cabeza en línea con la columna, la barbilla ligeramente acercándose al pecho, sin que ello incline el cuello.
Cierra los ojos.
Y, desde aquí, respira despacio, tranquil@.
Enlentece el ritmo, un poco más.
Lleva tu atención a la inspiración, el aire entra, déjalo llegar a lo más lejano de tu abdomen.
Invierte en ti, trae calma, ritmo…
Métete con el aire, viaja con él, llévalo limpiando todo el recorrido y si puedes un poco más despacio.
Inspira… Espira…
Puedes contar para llevar el ritmo:
inspira mientras cuentas hasta cuatro,
suelta el aire mientras cuentas hasta 8-10. Observa el espacio que hay entre la espiración, y el inicio de la inspiración. Ese momento es poderoso para el ánimo. No lo fuerces, dale espacio. Déjalo ser…
Pon ritmo, vívelo, es un baile.
Despacio, con tu atención puesta en tu respiración y los movimientos naturales que se producen…
Todo tu cuerpo en una danza natural, en un recorrido propio donde solo entras tú y tu mirada. Sin exigencias… Nada que conseguir, nada que demostrar… esto eres tú, estado puro.
Y desde ahí, en este momento que ya tu actividad cerebral también va más lenta, empiezas a relajar.
Elevas tu abdomen con cada inspiración en un desplazamiento suave, meloso… Lento…
Sueltas en la espiración,
suelta el aire,
suelta la tensión,
afloja la musculatura,
déjate latir en la silla o sofá o donde quiera que estés…
Concéntrate en ello, respira, haz el recorrido completo.
Sonríe, sonríe plenamente.
Observa el cambio, la sonrisa convence, incluso sin verla.
El cerebro se convence, si sonríes es que algo va bien…
Usa la sonrisa siempre, hazte cómplice de ella.
Puedes seguir así unos minutos, cuantos más mejor, sin prisa…
Disfruta la “decisión” de cultivar calma…
¿Sabías que una sonrisa puede cambiarte el ánimo?
¿Consigues observar cambios en ti, después de este ejercicio?
¿Quieres conocerte? ¿Observar la evolución de tus cambios cuando te paras y te ocupas de ti?
Tu respiración va contigo, hazte consciente de ella, te sale a cuenta…
Sonríe!
Haz esta práctica tantas veces como desees, no porque estés mal. Hazlo para estar bien y aprender a estar contigo.
La pondré grabada en mi comunidad para que no tengas que leer, si quieres escucharla:






