Hoy te cuento una historia real que la he visto a lo largo de mi vida laboral, muchas veces.
El escenario está en cualquier vida.
La protagonista es una mujer normal, podrías ser tú.
Lo vemos en niños, en adultos…
A la primera dificultad, salta esa voz interior que te recuerda tu falta de valía…
Y me gustaría que te convencieras de que no es real.
De que puedes repasar tu vida y has llegado a todo lo que te has propuesto.
No salió aquello que te despertó miedo, falta de confianza en ti, y finalmente, abandonaste.
Me gustaría que hicieras ese recorrido.
Te cuento la historia.
Ella sabe que tiene estrés
Ella sabe que tiene estrés.
Ella sabe que está cansada.
Ella sabe que necesita echar el freno a ese pensamiento en bucle que trabaja de manera incansable y estéril.
Ella quiere aprender a parar, decide probar Mindfulness.
Aprender es un proceso.
Cualquier aprendizaje lo es.
Ella comienza y en sus primeros pasos se relaja, lo percibe.
Pero se siente insegura, es novata…
Y empieza a darse cuenta de:
Su mente se va…
Una y otra vez…
Está siguiendo la respiración y de repente se descubre en una conversación…
Vuelve.
De pronto aparece una tarea pendiente…
Vuelve.
Y así una y otra vez.
Porque la mente está viva, baila, juega… Busca qué hacer y está entrenada en ello…
Ella acostumbra a sentirse segura en su trabajo, la experiencia la guía y la lleva a trabajar con rigor y con éxito.
En cambio, ahora, al probar a jugar con su atención se vio inmersa en una actividad en donde su mente tintineaba y la sacaba del juego a cada poco.
Empieza a sentirse insegura.
Es una principiante y no le resulta fácil.
A la tercera semana escribe:
- “Dejo el Mindfulness, no me concentro ni siquiera un minuto…”
Es paradójico.
Ella es consciente de que su atención fluctúa…
Eso es precisamente lo que hay que entrenar.
Pero aun así, lo deja.
Ella no sabe que cuando la mente se va no hay nada que hacer.
Solo traerla de nuevo.
Esa es la práctica.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
En este momento.
Y en este…
No se trata de parar la mente durante veinte minutos.
Se trata de darse cuenta de que se fue y traerla de nuevo.
Ese es el entrenamiento.
Debemos aprender a no exigirnos perfección desde el principio.
Nos pasa en todo
Queremos aprender sin sentirnos torpes.
Queremos cambiar sin atravesar la incomodidad del cambio.
Queremos resultados antes de recorrer el camino.
Cuando algo nos cuesta, en lugar de mirarnos con mimo y pensar :
– Estoy aprendiendo…
Pensamos:
– Esto no es para mí… (Soy yo la que fallo, no valgo. Siempre la falta de valía…)
La mente y la atención se entrenan.
Pero cualquier aprendizaje necesita tiempo, repetición, tolerancia para no frustrarse…
Es como un jardín, plantas la semilla y riegas.
Y hasta que aparece el brote, pasa un tiempo.
Debemos aprender a relacionarnos con:
Una mente que se distrae.
Que se inquieta.
Que se adelanta.
Que vuelve al pasado.
Que habita futuros que no existen.
Y quizá el primer paso sea aprender a mirarla, sin inquietarnos.
Aunque no lo veamos, aunque creamos que no avanzamos, el proceso está en marcha.
Solo hay que darle tiempo hasta ver el brote…
Ella debería saber que nada se está quieto.
El proceso hacia estados flexibles y en calma de la mente, tiene un tiempo.
Ella decide.
Esta resistencia a perseverar no está en la dificultad, ni en el Mindfulness, ni en el inglés o el Karate… Esto está en nosotros, que tenemos poca tolerancia a sentirnos vulnerables… En el fondo, es un miedo aprendido.
Yo aprendí mucho de la frase de Brené Brown:
«La vulnerabilidad es el núcleo de la vergüenza y el miedo, y de nuestra lucha por valer la pena y ser queridos»
Hablando de calma, tiene sentido que la prueba de fuego sea abandonar la lucha.
No sé a ti, a mí me gustan las historias con finales abiertos porque se puede volver sobre ellos.
Hay algo mágico en saber colocar calma en todo lo que aparece en tu mente.
Pero para ello hay que estar dispuesto a atravesar la incomodidad…






